ENFERMEDAD: DIVINO TESORO
Debe de haber un conocimiento eterno, un legado de sabiduría que nos permita conectar con nuestro origen celeste y que nos de las pistas suficientes para volver a casa. Algo así como un mapa que impida nuestro extravío.
De esta sabiduría son fruto los alfabetos sagrados, la ciencia de los números, las medicinas ancestrales, las artes y las técnicas fundamentales, la alquimia y la astrología clásica, todas las mancias y profecías, las filosofías y religiones tradicionales, etc.
Todas estas disciplinas, en las que destaca una u otra civilización de la alta antigüedad, forman parte de los mensajes que el Cielo y la Tierra entregan a su hijo, la Humanidad, para su propio desarrollo y emancipación.
Estos conocimientos se proyectan hacia el futuro y las generaciones venideras en los cuentos y leyendas, en las religiones que hoy se consideran mitologías, en las obras de arte del simbolismo iniciado, en los textos sagrados de todas las religiones, en las experiencias místicas de todos los sabios y buscadores, en las intuiciones e inspiraciones de los espíritus elevados de todos los tiempos, etc. En suma, se trata de la TRADICIÓN, con mayúsculas, transmitida de maestro a discípulo desde el principio de los tiempos y recogida en Libros sagrados y obras de arte de forma hermética pero descifrable por el iniciado.
Durante los siglos XIX y XX han sido muchos los que han reencontrado el conocimiento tradicional, inspirados por las “musas”, auténticos vínculos con la Divinidad. Es el caso de personajes como Hanehman, Bach, Still, Sutherland, Stone, Jung, Reich, Ushui, Noguchi, Feldenkrais, Alexander, Gendlin, Upledger y un largo etcétera de personalidades que han planteado, en el campo de la salud y la psicología, nuevos puntos de vista de abordar al ser humano en busca de su equilibrio y desarrollo. De este modo se han creado numerosas técnicas con las que aproximarnos a la enfermedad, vista como un estado de desarmonía del Ser, ya no tanto en relación con el medio externo como consigo mismo. Se trata de un estado de caída, del que siempre nos podemos levantar, superándolo con un trabajo de conciencia y aprendizaje que nos lleve al recuerdo de quienes somos y de que hemos venido a hacer aquí.
La enfermedad aparece para que recordemos nuestra función, nuestro hacer, como instrumentos del gran plan que supone el fabuloso despliegue de este Universo en el que nos hemos manifestado, en esta encrucijada del tiempo y el espacio, nosotros, seres de luz, eternidad, infinitud e inmortalidad, en un mundo material, temporal, limitado y perecedero.
Las reminiscencias de lo que realmente somos nos empujan a la búsqueda de la clave que nos daría plenitud y paz. En esa senda muchos nos perdemos cayendo en la estrategia de un no querer sufrir mediocre e insatisfactorio:
· Ya sea aislándonos para protegernos,
· perdiéndonos en otro ser que nos evite el esfuerzo de decidir sobre nosotros
· o huyendo en una actividad estresante que no nos deje tiempo para pensar o sentir.
Todo menos vivir la vida directamente con responsabilidad de lo que somos y lo que queremos. Vivir el presente, AQUÍ Y AHORA, no como si se fuera acabar el mundo y tuviéramos que apurar desesperadamente la vida que nos queda, sino como si cada cosa que hiciéramos representara un reto apasionante, lleno de sorpresas y nuevos conocimientos, una aventura.
En medio de todas esas estrategias para evitarnos el sufrimiento que a veces supone crecer, aparece la enfermedad, casi siempre incomprensible y aterradora, pero desesperadamente real y de obligado cumplimiento y aceptación, nos guste más o menos. Es como un toro que nos enviste y que por mucho que corramos al final nos va a pillar. Mejor es mirarlo de frente y ver que se puede hacer con él. A veces simplemente morir.
Ante esta REALIDAD tan brutalmente directa el terapeuta responsable, muchas veces confunde su función como intermediario y se propone obligar a la enfermedad y a la muerte a huir irremisiblemente del cuerpo de su paciente, para que este pueda salir curado y andando, cual Lázaro resucitado. Por suerte, esa no es nuestra responsabilidad, y sólo debemos ponernos en disposición, como facilitadores o intermediarios, de ayudar a ese ser en tiempo de enfermar, a buscar el camino de su restablecimiento por medio de sus propios recursos, comenzando ello por la aceptación de lo que esta ocurriendo en él.
El terapeuta para hacer frente a este reto debe estar en el camino de su propia sanación, de su aprendizaje en el campo de la Conciencia, de la búsqueda de su propia paz y del vivir aquí y ahora, como un niño responsable de si mismo.
En este camino de crecimiento como Ser del terapeuta siempre buscamos nuevas técnicas milagrosas que nos ayuden en nuestra labor, como el que se va lejos en busca de algo que tiene en casa, pero eso forma parte del camino y es necesario. Nosotros seguimos buscando aspirinas que curen cualquier dolor y ni si quiera somos capaces de estar media hora en silencio para encontrar respuesta en el abismo de nuestro interior a una pregunta: ¿pero hay alguien más?....
Y un eco lejano nos trae el perfume de un mundo inexplorado que esta esperando ser descubierto.
VERÓNICA Y PACO